Capitulo 1
¿Alguna ves te as sentido invisible?
Charlotee cruzo con un paso decidido el aparcamiento en dirección a hawthorne high repitiendo su propósito ¡este es mi año!, en ves de permanecer en la mente de mis compañeros como la niña que solo ocupa el asiento e sillas, la que respiraba ese aire puro que bien pudo haber sido utilizado para otra cosa de mas provecho, este año será diferente me pondré los zapatos mas modernos pero incómodos. Ella se sentía la hija no deseada de hawthorne high pero no se daría por vencida por que el primer día de clases seria el primer día de su nueva vida.
Al acercarse a las escalinatas de la entrada miro los flash de las cámaras de el anuario de el colegio, mientras Petula Kensington y su pandilla se adentraban ala vestíbulo, Charlotee estaba sola allí y había empezado con retraso. El bebedle encargado de la puerta estaba a punto de cerrar pero no se había percatado de que faltaba Charlotee ella se acerco a la entrada y el bebedle le ofreció disculpas por casi dejarla afuera. Al igual muchos como ella pasaron trabajando todo el verano entero, a diferencia de la mayoría ella había estado trabajando para ella se dedico a estudiar el anuario del año anterior.
Había estudiado a Petula que era la chica más popular y a sus amigas llamadas Wendy Anderson y Wendy Thomas ella esperaba que todo saliera a la perfección, se dirigió a su destino marcado en su agenda llevaba la hoja de la inscripción para las pruebas de animadora. La hermandad mas cotizada y exclusiva de toadas las hermandades femeninas, que era el billete dorado con el que tal vez conseguiría ser popular Charlotee agarro el bolígrafo y comenzó a escribir su nombre en le ultimo espacio en blanco de la lista todavía no terminaba de escribir y sintió unos golpes en los hombros giro la cabeza era una chica y le arrebato el bolígrafo de un plumazo inscribió su nombre y tacho el de Charlotee mientras la chica se alejaba escuchaba una risita de burla Charlotee ya había experimentado esta clase de maldades, pero ni con maquillaje había logrado que la observaran como a las demás decidida a no perder los nervios ni su dignidad.
Mientras caminaba por su mente sucedía a toda velocidad el tiempo que había seguido aquel verano, para hacer honor a la verdad tenia que reconocer que había hecho un esfuerzo desmesurado en el intento de tratar de ser más popular.
Capitulo 2
¡Morirse por ser popular!
Sonó el timbre para la primera clase, y la muchedumbre que rodeaba a Damen se disperso, al dirigirse los alumnos a las clases el ruido fue disminuyendo, a pesar de los contratiempos matutinos Charlotee sen esforzó por obtener su optimismo después de todo su primer clase era Física con el maestro Widget y con Damne y con Petula también, la clase de Física se le presentaba como un documental de un mundo animal.
Tendría la oportunidad de estar con las chicas más populares como Petula
Y las de mas chicas, tendrían la oportunidad de lanzarse a la casa de Damen, Charlotee discretamente entro a la clase y observo como sus compañeros ocupaban sus sitios preferidos, abrían y cerraban los sierres buscando cuadernos, lápices, plumas y las calculadoras, era fácil de adivinar que era e primer día de clases por que todos estaban muy bien preparados o felices de asistir ahí.
Los únicos lugares vacíos se encontraban al fondo y estaban atrás de Petula, Wendys. Un lugar de esos era probable que se lo estuvieran apartando a Damen se imagino, genial todo el resto del ciclo escolar pasarían la primera clase eso era una situación perfecta, mientras iba hacia el fondo de el aula se percato de que su presencia no era binveniada. Nadie le decía ni un hola o ¿que tal tú Verano? por parte de sus compañeros ni un solo comentario de su cambio tan trabajoso ni un solo gesto de cortesía.
Charlotee se senito y miro con unos ojos inexpresivos mientras contaba las cabezas de los compañeros que habían asistido, pero no encontraba la de Damen, pero al final iba a resultar que se encontraba en esa clase y dijo no tiene que estar.
Charlotte, detrás de Petula y lo suficientemente cerca como para poder verse reflejada en la polvera, encajó sus labios a la altura del beso que Petula había marcado en el espejo y pensó por un instante que eran los suyos.
Despertar
Capitulo 3. Un torbellino de pensamientos sobre Damen de manera frenética en la mente de Charlotee cuando se despertó con el suave zumbido de los fluorescentes que se alineaban en el techo. Muy despacio abrió un ojo y luego el otro , y se percató de que a pesar de la intensidad con que lucía la luz blanca no le molestaba mirarla directamente.
Todos aquellos cambios por los que tanto había luchado, razonó Charlotte, no habían transformado a quien ella era en realidad por dentro. ¿Qué era lo que decía Horacio? ¿Que podemos cambiar el cielo pero no nuestra naturaleza, o algo así? Tú eres tú y tu circunstancia. El triste hecho de que un poeta romano de hace dos mil años comprendiera mejor su vida que ella misma era… decepcionante, como mínimo. Y lo que era más raro todavía, ¿a santo de qué se le ocurría pensar en eso precisamente en ese momento? En ese momento, el escenario se le apareció, de pronto, bajo una luz mucho menos desmoralizadora.
Charlotte volvió la cabeza de un lado a otro y se dio cuenta de que se encontraba completamente sola. No le sorprendió, puesto que a decir verdad no esperaba que nadie la hubiese echado en falta. Luego, al bajar la mirada, comprobó que no estaba tan sola como pensaba. Allí estaba el Osito de Goma, inocente y sin vida, tan provocador como la muñeca parlante de aquel viejo episodio de La dimensión desconocida. No presentaba el típico color rojo opaco, sino ese rojo transparente que adquieren después de haberlos chupado un tiempo.
Al doblar una esquina y adentrarse en uno de los largos pasillos, una lectura del Annabel Lee de Edgar Allan Poe inundó el corredor desde una de las aulas del fondo. Era su clase de Literatura de segunda hora, el lugar donde supuestamente debía estar ella, que ya había comenzado. Las palabras resonaron en el pasillo vacío, su eco rebotando contra los suelos recién encerados y pulidos del primer día de curso.
Por alguna razón, parecía conocer el camino a la extraña sala, a pesar de no haber estado allí antes. Se vio arrastrada hacia una puerta sin numerar situada al fondo del pasillo. Abrió, y se encontró con una escalera que descendía hasta una zona del sótano, que más que asustarla la desorientó. Mientras bajaba, vio las descascarilladas tuberías expuestas que recorrían el techo, sobre su cabeza, y el suelo de cemento a sus pies. Charlotte respiró hondo y se pinzó la nariz como medida preventiva, pensando que ya había aspirado suficiente contaminación por ese día en la pasarela.
¿Por qué yo?
Por qué yo?», se repetía Charlotte, no porque confiara en hallar la respuesta, lo hacía con la esperanza de que cuantas más veces formulara la pregunta, más clara tendría su situación y sólo entonces daría quizá con la solución. Era así como se planteaba los deberes de Trigonometría, repitiéndose en voz alta el problema, y siempre había dado resultado. Se ufanaba de esa confianza en sí misma.
Recordó la estadística que sostiene que la mayoría de las personas sufren ataques de corazón en lunes, el primer día de la semana. Ella había muerto el primer día de curso, cuando parecía que las cosas iban a empezar a salirle bien. ¿Por qué le pasaba esto? ¿Por qué ocurría después de que el Destino los emparejase a ella y a Damen como compañeros de laboratorio? Necesitaba respuestas.
Por un momento pensó que si corría lo bastante rápido escaparía de la pesadilla que estaba viviendo, o no viviendo, como podía ser que fuera el caso.
—No puedes huir de esto… —dijo Pam de forma sosegada al tiempo que Charlotte, presa del pánico, daba media vuelta y lo intentaba. Al doblar la esquina del pasillo recién encerado, se percató de que no resonaba el eco de sus pisadas, de que no rechinaba la goma de las suelas de sus zapatos.
En su intento por escapar de la aparición y de la realidad que se cernía sobre ella, Charlotte se dirigió instintivamente hacia el aula de Física. ¿Qué mejor lugar para obtener respuestas que el escenario del crimen? Al entrar, Charlotte se percató de que había pisado algo, aunque no estaba muy segura de qué. Echó la vista atrás y allí, en el suelo, vio pintada con tiza la silueta de un cuerpo. Su cuerpo.
—Un caparazón vacío. Así es como me recordarán ahora —dijo abatida, contemplando la posibilidad de que aquella genérica, asexuada y burdamente esbozada figura en forma de galletita de jengibre había de convertirse ahora en su última, y definitiva, impresión en el alumnado de Hawthorne.
Morir era terrible de por sí, pero morir de forma tan patética y estúpida… atragantada con una golosina gelatinosa semiblanda con forma de osito era una injusticia que Charlotte apenas podía soportar. No haría sino ratificar lo que siempre habían pensado de ella y confirmar sus peores sospechas sobre sí misma.
Muerte para principiantes
Era tanto lo que Charlotte todavía deseaba hacer, tanto lo que deseaba conseguir. Deseaba ver una nevada más, ver las mejillas rosadas de Damen tras un partido improvisado de fútbol después de clase, recibir otro boletín de calificaciones. Pero, claro, todos morimos con una lista de cosas pendientes, admitió. Nunca se tiene bastante.
Una nevada más no sería bastante, y ver a Damen una última vez, bueno, eso tampoco le bastaría jamás. Toda esta tristeza y demas le nublaban la mente mientras seguía a Pam por el pasillo.
Pam parecía bastante normal, pero ¿y si era una especie de demonio mutante enviado para escoltarla a las Tinieblas? Entonces quizá tuviera que afrontar una eternidad empujando una roca montaña arriba o algo por el estilo.
—Estoy aquí para ayudarte —le aclaró Pam—. Al principio, todos necesitamos que nos echen una mano con la adaptación, y la transición, de «allá» a «acá», es la peor parte.
—¿Y dónde o qué es acá? —preguntó Charlotte.
—Hallarás las respuestas a cuanto quieres saber en Orientación —le desveló Pam.
—¿Orientación? —preguntó Charlotte, irritada, levantando las manos al aire en un gesto de frustración.
Pam se dirigió hacia la puerta, pero Charlotte estaba clavada en el sitio. Contempló pasmada cómo Pam desaparecía gradualmente en el aura, cómo volvía la cabeza hacia Charlotte con una sonrisa compasiva justo antes de que la luz se la tragara por completo, dejando a Charlotte totalmente sola.
—¡Pam! —gritó nerviosa—. ¿Qué tengo que…? —dijo Charlotte con voz temblorosa, y sus palabras quedaron suspendidas en el aire.
Enfrentada a semejante adversidad, Charlotte, como casi siempre, adoptó una actitud completamente racional. Podía aplazar el dolor si no perdía de vista la verdadera dimensión de las cosas. No era sino la manifestación del instinto de autoprotección del espíritu científico y matemático que llevaba dentro. El momento había llegado. Estaba MUERTA.
Sobre muertes y Citas
Scarlet, la hermana pequeña de Petula, recibió un inesperado encargo de la redacción del periódico del instituto: escribir una noticia, la primera de toda su vida, sobre «una chica que había muerto en el instituto». Se dirigió a la oficina presa de los nervios, tanto por el encargo como por la perspectiva de tener que tratar con el profesor Filosa, el estricto carcamal que dirigía el panfleto, perdón, el periódico del instituto como si del Daily Planet se tratase.
—¿Dónde diablos se había metido, Kensington? —le espetó el profesor Filosa con impaciencia—. Se nos acaba el tiempo y hay que publicar esta necrológica.
—Pues sí que tiene chiste la cosa —bromeó Scarlet—. Acabarse el tiempo… Necrológica…
A Filosa no le impresionaron ni el sentido del humor ni la evasiva de Scarlet.
—No es que esté muy por la labor, ¿verdad?
Nunca he tenido que escribir una —dijo Scarlet con sorprendente inseguridad—. Además, no es mi fuerte hablar bien de la gente que no conozco, ni tampoco de la que conozco, todo hay que decirlo.
—Pues aguántese, Kensington, y haga algo bonito por alguien por una vez en su vida —ladró Filosa—. Aquí tiene las fotografías del acto en memoria de… esto… cómo se llamaba… Usher, eso es, del acto en memoria de Usher de esta mañana. La página de composición está en el ordenador —agarró el sombrero de paja y la chaqueta de mezclilla y salió dando un portazo.
Scarlet se sentó al ordenador, la mirada fija en el cursor intermitente. No se le ocurría nada. Se encasquetó su sombrero de fieltro, con el ala claveteada de piercings, en busca de inspiración, abrió la carpeta jpg con las fotografías del acto conmemorativo y observó que en ellas no había ni un alma.
Nunca he tenido que escribir una —dijo Scarlet con sorprendente inseguridad—. Además, no es mi fuerte hablar bien de la gente que no conozco, ni tampoco de la que conozco, todo hay que decirlo.
—Pues aguántese, Kensington, y haga algo bonito por alguien por una vez en su vida —ladró Filosa—.
Ni siquiera sabe que existo
Tenía planeado convertir su peor desventaja —estar muerta— en ventaja y servirse de ella para acercarse a Damen. Si de verdad no podía verla, tampoco podía poner reparos en que ella invadiera su espacio vital. En resumidas cuentas, podía ir donde quisiera y hacer cuanto se le antojara sin ser delectada, podía «meterse» en la vida de Damen, literalmente.
—¡Meterme en sus clases, su taquilla, su coche, hurgar en sus calzoncillos! —gritó, y entonces se detuvo abruptamente—. Bueno, no en los calzoncillos… en los cajones de los calzoncillos y otras cosas… en la cómoda de su dormitorio… o donde sea —se ruborizó, en la medida en que le es posible a una chica muerta, ligeramente sorprendida y avergonzada de descubrirse tan calculadora. Estaba ansiosa por contarle a alguien su ingenioso plan, pero no podía.
Es más, la infinitud de posibilidades, aunque atosigantes, era prácticamente abrumadora, siendo «prácticamente» la palabra clave. Desechó la crisis momentánea de mala conciencia por tan repugnante invasión de la intimidad de Damen, y decidió, de forma egoísta y descarada, poner su plan en práctica en el mismo momento en que Damen apareció por la esquina del corredor.
Allá donde fuera Damen, Charlotte iba también: a su taquilla, en cuyo interior ella se aposentaba (no tan incómoda como cabría pensar); a la sala de estudio, donde le observaba quedarse dormido desde la silla de al lado, la cabeza apoyada en su hombro hasta que él despertaba sobresaltado al gélido contacto; a las taquillas del vestuario —sanctasanctórum de los chicos.
. Se aseguró de llegar antes que él para conseguir un buen sitio. La muerte se ponía mejor y mejor en lo que a gratificación instantánea se refiere.
Charlotte aguardó pacientemente fuera del gimnasio por razones que ni ella misma podía explicar del todo. Podía haberse colado por la rejilla metálica de ventilación o incluso haber traspasado las puertas del vestuario, así, sin más, pero no lo hizo. En su lugar, siguió de cerca a unos musculitos que llegaban temprano a entrenar. Entró en el vestuario con una mezcla de temor y curiosidad.
Como una primeriza espera el comienzo de su primer concierto de rock. Quería ver bien de cerca sus brazos, sus hombros, su torso.
Últimos secretos
Pero ¿qué era exactamente el programa? Había estado demasiado concentrada en sus cosas, y no tenía ni idea. De regreso en Muertología, la clase del profesor Brain había empezado y Charlotte llegaba tarde, de nuevo. Se coló aprovechando que Brain estaba de espaldas.
—Era tan joven —dijo el profesor, que se inclinó sobre el pupitre de Silent Violet y la miró directamente a los ojos—. El chico tenía toda la vida por delante… —continuó volviéndose hacia Mike.
—. Y sea quien sea el panegirista: cura, rabino, pastor, imán, padre, hijo, profesor, amigo… quien sea —dijo—… acierta, naturalmente. Morir en la adolescencia es más que triste. Es trágico. Pero no por las razones que ellos creen.
Sabía que Charlotte, más que nadie, necesitaba escuchar esa lección en particular.
—Desde luego. Nadie se lo creería si supiera que hay que seguir yendo al instituto —dijo Jerry muerto de risa. Prue le miró enfadada, y él se calló al instante.
—. La razón de que haya que ir al instituto, incluso después de muerto, no es sólo para aprender sobre la vida después de la muerte, tal y como describe la película de orientación —dijo Brain a los confundidos estudiantes—. Es para aprender lo que no tuvimos oportunidad de aprender en vida.
—¿Y qué es? —preguntó Charlotte un instante después de haber conseguido sentarse en la silla que permanecía desocupada junto a Pam. Prue la miró enfurecida.
—Pues varía con cada persona, señorita Usher —dijo Brain, ajeno a su tardanza.
Es algo que debe averiguar cada uno. Veréis, los bebés y los niños son demasiado pequeños como para haber cometido equivocaciones graves, y la gente mayor vive lo suficiente como para aprender de los suyos e incluso para corregirlos —sermoneó el profesor Brain, más como un predicador que como un profesor—. Pero los adolescentes, como vosotros, sólo viven para el momento, y a menudo actúan por egoísmo, impulsivamente y con graves consecuencias para ellos misinos o los demás.
—Y que lo diga —dijo Pam a la vez que el silbido que emanaba de su garganta ganaba intensidad.
A fin de recalcar sus palabras, Brain sondeó a la clase sobre el que debiera de haber sido un tema muy delicado.
—Los que echen de menos a su familia que levanten la mano, por favor —solicitó.
Tan viva
¿Qué quieres hacer qué? Scarlet, atónita, escupió una cucharada entera de sopa de guisantes sobre la mesa de la cafetería. No podía creer lo que acababa de escuchar.
Charlotte dio un respingo, cerró los ojos como si fuera a alcanzarla la ráfaga de sopa y sonrió por un segundo ante el momento exorcista.
Piccolo Pam observaba el tête à tête desde la mesa muerta, sintiéndose algo excluida.
Me parece que esta mañana has brillado por tu ausencia en los lavabos cuando te necesitaba y que ahora pretendes utilizarme —dijo Scarlel.
—Siento no haberme presentado. Andaba metida en otro asunto —contestó Charlotte.
—¿Metida en otro asunto o en otra persona? —puntualizó Scarlet.
—Yo también tengo mi vida… O sea, bueno, ya sabes lo que quiero decir —repuso Charlotte a la defensiva.
Una sonrisa surcó el rostro de Scarlet de oreja a oreja, mientras Charlotte la cogía de la mano y la sacaba de la cafetería.
—Espera, ¿dónde vamos? Todavía tengo hambre —dijo Scarlet mientras Charlotte tiraba de ella.
Mientras buscaban una sala desierta, prosiguieron con su conversación. A los estudiantes con los que se cruzaron por el pasillo les pareció que Scarlet hablaba sola. Como si a Scarlet le importara algo. Era una de las cosas que más le gustaban de ella a Charlotte. Esa desfachatez en público, que exhibía como una condecoración, era algo que sin lugar a dudas compartía con su hermana, aunque de manera muy distinta. Petula era una líder; Scarlet, una paria. Una buscaba el placer de sentirse idolatrada; la otra, el de sentirse ignorada. Charlotte no era ni una cosa ni la otra: ni tan estupenda como para que la adoraran ni tan descarada como para que la odiasen.
Charlotte entró primero para comprobar que no había ningún estudiante escondido en alguna esquina y luego le hizo una señal a Scarlet para indicarle que no había moros en la costa. Esta entró y cerró la puerta. Las luces estaban apagadas y la única fuente de luz emanaba de las soluciones químicas fluorescentes que burbujeaban azules, rojas y violetas en el interior de vasos de precipitados colocados sobre mecheros Bunsen. Un sitio alucinante para tumbarse en el suelo a desconectar, con el iPod a todo volumen, pero en las circunstancias actuales resultaba escalofriante.
Pero las compuertas de la imaginación de Scarlet se abrieron de todas formas. No quería ni pensar en la posibilidad de quedar atrapada en otra dimensión, perdida para siempre.
Quizá acabara sumida en un estado de narcolepsia, consciente de su situación pero incapaz de comunicarse. Una suerte de infierno donde nadie pudiese oírla y donde ella no pudiese morir ni vivir del todo, atascada por así decirlo entre ambos estados. Tal vez quedara atrapada para la eternidad. Y eso era mucho, mucho tiempo.
Entre lazadas
Charlotte abrió la puerta del laboratorio de quimica y salió al pasillo con cautela. Estaba encantada de estar «viva» otra vez, y se notaba. El gesto malhumorado tan propio de Scarlet aparecía ahora atenuado, transformado en una amplia sonrisa de esperanza más parecida a la de Charlotte y los estudiantes la miraban dos veces mientras ella se dedicaba a repartir besos a diestro y siniestro, saludando a completos extraños con una vehemencia inusitada. Pero la metamorfosis no sólo se plasmaba en su actitud; bajo el control de Charlotte, el cuerpo de Scarlet también había empezado a adoptar un aspecto y una forma de moverse diferentes. Su postura se volvió más erguida, sus andares menos cansinos, hasta su comportamiento —vaya por Dios— se tornó más femenino.
Él lo sabe todo», pensó, mientras acariciaba con los dedos de Scarlet las paredes de bloque de hormigón pintado.
Palpó cada grieta y cada desconchón como una ciega leyendo Braille, embebiéndose de la sensación de la que había sido privada durante lo que se le antojaba una eternidad.
A pesar de la segunda oportunidad que tan generosamente le proporcionaba Scarlet, Charlotte no estaba del todo convencida de su plan. Al fin y al cabo, la posesión de Scarlet era el Plan B. Aquéllos no eran el cuerpo, el pelo, la ropa, el aspecto que Charlotte buscaba y menos aún eran rasgos que la mayoría de chicos, y por descontado el más popular del colegio, encontrasen agradables, por emplear un calificativo amable. Además, la posesión era temporal y —consideraciones morales aparte— no iba a ser nada fácil conseguir que un chico dejara a su novia de revista para irse con su gótica hermana pequeña.
Con todo, Damen había acudido al rescate de Scarlet en el incidente de la ducha, recordó. Y eso ya era algo para empezar. De vuelta al punto de partida, Charlotte empezó a sentir cierto sentimiento de gratitud. ¿Quién era ella, después de todo, para criticar el atractivo de Scarlet en modo alguno? Ah sí, ella era la estupida niña rara que se había asfixiado con una golosina, según Petula.
Charlotte siguió avanzando por el pasillo, como si fuera el alma de la fiesta, dejando a su paso rostros atónitos y confundidos mientras se dirigía a las puertas traseras y de ahí al campo de fútbol.
Cuando se volvió hacia la clase para iniciar el debate, Scarlet modificó los nombres para que pudiera leerse «Truman Capote» y «Homo». La clase estalló en carcajadas, y Nemchick, se quedó allí plantado, totalmente humillado y más que confundido.
A continuación, Scarlet atravesó una pared y se coló en la clase de Salud Personal contigua, donde dos cabezas de chorlito jugadores de fútbol, Bruce y Justin, se burlaban de Minnie, una chica tímida e indefensa que se sentaba junto a ellos. Scarlet garabateó febrilmente una nota en un pedazo de papel y se lo embutió a Bruce en la mano, a todas luces a la vista de la profesora.
La caída de la casa Usher
Charlotte llegó temprano a la gran fiesta de pijamas S.P.A., intoxicada por la idea de que se la incluyera en la camarilla por primera vez. Empezó a llamar al timbre de casa de Petula, pero después de pensárselo mejor procedió a atravesar la puerta sin más. La cosa era cada vez más fácil.
Vaya, mira a quién tenemos aquí, nada menos que al espíritu del instituto —dijo, sin apenas levantar la cabeza.
—Bonitas gafas —dijo Charlotte para romper el hielo.
Damen no me estaba haciendo ni caso, así que pensé que a lo mejor se fijaba en mí si hacía las pruebas para animadora —argumentó Charlotte en su defensa.
Pero Scarlet ni se movió.
—Mira, ¡no sabía que lo conseguiríamos! Pero va a ser más fácil ahora que eres una animadora. No sabes cuánto agradezco lo que estás haciendo por mí, y me va a ayudar a alcanzar la resolución. Ya verás —dijo Charlotte.
Venga ya, admítelo, es alucinante… Ni barreras, ni limitaciones, ni autoridad —dijo Charlotte pinchándola—. Fight the power!
—A mí no me vengas con consignas raperas —dijo Scarlet poniendo los ojos en blanco—. Mira, no digo que no sea alucinante…
—Oye, ¿y si rizamos el rizo, ya sabes, para hacértelo aún más emocionante? —dijo Charlotte, recuperando la iniciativa.
—Sí, ya, ¿y qué sugieres?
En Hawthorne Manor, Prue se dirigió a la Asamblea Muerta, congregada para la reunión de «intimidación».
—Muy bien, entonces, ¿cómo exactamente vamos a hacer creer a los compradores potenciales que la casa es inhabitable? —ladró Prue mientras giraba la cabeza por completo y empezaba a repartir misiones—. Jerry, tú ocúpale de la fontanería.
—Sí, haz que la casa huela como los pies de Britney Spears después de salir descalza de unos lavabos públicos —añadió Coco.
Ya sabes, inestable como Paula Abdul, ni un pelo menos! —chilló CoCo divirtiendo a todos, pero sobre todo a sí misma, con sus ingeniosas referencias a la cultura pop.
—¿Dónde está nuestra pequeña estudiante alemana de intercambio? —preguntó Prue dispuesta a dar su última asignación.
Una niñita en descomposición levantó la mano muy despacio, mientras unas larvas diminutas le brotaban sin cesar de cada poro de su cara.
Frenesí
Damen y sus amigos se habían atrincherado entre los arbustos y se asomaban clandestinamente a las ventanas de casa de Petula, espiando a las chicas en sus camisoncitos.
—Disculpad la E.P.E. —dijo Max mientras se debatían a codazos por hacerse con un sitio delante de la ventana.
Los chicos se volvieron hacia Max, desconcertados.
—Exhibición Pública de Erección —dijo con una carcajada, para vergüenza ajena de los demás.
Petula se percató de la presencia de los chicos en el jardín y procedió a darles cuerda.
Conforme entraban los demás por la ventana, uno derribó un refresco sin calorías. La botella giró sobre sí misma y se detuvo apuntando a Wendy Anderson.
—¿Quién juega a la botella? —dijo Max con tono lascivo.
—¡Qué recuerdos! —exclamó Wendy Anderson—. ¡Yo primer!
Hizo girar la botella y acabó morreándose con Max.
—Te toca —instó con vehemencia a Charlotte-convertida-en-Scarlet un chico con pinta de no comerse una rosca.
Charlotte no es que tuviera muchas ganas pero miró a Damen de reojo y se armó de valor. La botella giró y se detuvo apuntando al chico soso.
Horrorizada, Charlotte concentró toda su energía en la botella por si podía emplear la telequinesia para moverla y que apuntara a Damen. Para su sorpresa, funcionó.
Damen vaciló, sin saber muy bien qué hacer. No deseaba besar a la hermana de Petula delante de sus narices. La situación era violenta como poco, pero también había que pensar que era un juego.
Adelante. No es más que un juego —afirmó, dándole el visto bueno a Damen delante de los demás.
Damen, no obstante, sabía que estaba cabreada, de modo que o bien besaba a Scarlet y conseguía así que los demás le dejaran en paz, o bien no lo hacía y se libraba de tener que aguantar más tarde a Petula despotricando sin parar. Decidió que lo mejor era seguir el juego, besarla y no ser aguafiestas.
Charlotte cerró los ojos y se inclinó hacia delante al mismo tiempo que Damen. Los demás observaron con la respiración contenida cómo los dos se acercaban más y más en el centro del corro. Justo cuando sus labios estaban a punto de rozarse, Scar-let entró volando por la ventana; estaba hecha un desastre y aparecia visiblemente aterrorizada.
A vida o muerte
Charlotte se asomó a la ventanilla de la puerta del aula de Física, la misma a la que se asomara cuando exhaló su último aliento, sólo que esta vez, se encontraba, literalmente, al otro lado. Vio que Damen las estaba pasando canutas con el control de Física bajo el «ojo» escrutador del profesor Widget. Todos en la sala estaban nerviosos, aunque ni de cerca tan angustiados como Charlotte.
Damen ya estaba atascado con la primera pregunta «fácil», incapaz de decidirse entre las dos respuestas optativas. ¿Era una pregunta trampa o de verdad era así de fácil? Se encontraba tan nervioso que empezó a repensar y poner en duda sus conocimientos.
Charlotte no podía soportar más su agonía y finalmente se decidió a entrar y echarle una mano. Traspasó la puerta y se dirigió al fondo del aula, hacia el pupitre de Damen. El minisistema solar que colgaba del techo se puso a girar al aproximarse ella a Venus, el planeta bajo el cual se sentaba Damen.
Hallarse inclinada sobre su hombro como estaba, en tan íntima posición, mirando el examen, con su mejilla prácticamente pegada a la de él, era una experiencia increíble para ella, si bien a él no le venía nada bien. Sin quererlo, le tiró el lápiz de la mano, llamando la atención, ni mucho menos deseada, del profesor Widget, que leía absorto el último número de Physics Today. Widget cazó a Damen tratando de recuperarlo de debajo del pupitre de Bertha la Cerebrito.
—La vista fija en sus exámenes, chicos —recordó a la clase sin hacer referencia alguna a Damen.
A lo largo de su carrera, había visto suficientes técnicas audaces de copieteo como para llenar un libro, desde el viejo y sencillo recurso de mirar de reojo el examen de al lado a las más tecnológicamente avanzadas de la era digital: fotografías de exámenes vía móvil, SMS con las respuestas, consultas al Google desde el navegador del móvil… Lo había visto prácticamente todo, de modo que se cuidó mucho de no perder de vista —con el ojo sano, claro está— a Damen.
—Un tirón —articuló Damen, señalándose la mano, mientras Widget respondía sacudiendo la cabeza y retomando la lectura de su revista.
Charlotte volvió a intentarlo de inmediato. Abrazó a Damen por la espalda y tanto se excitó que la corriente eléctrica rosada que de vez en cuando lanzaba chispas en una bola de cristal junto a Damen se transformó en una auténtica tormenta eléctrica. Dio un paso atrás, para no llamar más la atención sobre el chico, pero sólo consiguió meterle la goma del lápiz hasta el fondo de la nariz.
La princesa y las imitadoras
Lo mismo es un efecto colateral de la posesión —rumiaba Scarlet en el pasillo de camino a su taquilla. «¿Podía ser que le empezara a gustar Damen Dylan como… persona?», se atrevió a pensar. «¿Como tío?» En un desesperado intento por ahogar los desagradables pensamientos que rondaban por su cabeza, buscó consuelo nuevamente en el control del volumen de su iPod, haciendo girar la ruedecilla hasta un nivel capaz de hacerle saltar a uno los tímpanos, tan alto que quienes se encontraban medio pasillo más adelante pudieron reconocer su lista de reproducción.
Mientras se dirigía a la taquilla ataviada con una descolorida camiseta vintage de Suicide y cargando con una mochila de los Plasmatics, escrutó el pasillo en busca de Charlotte, cuya ausencia ya se hacía notar, pero sólo divisó a Damen, que esperaba apoyado contra una taquilla contigua.
—Qué tal —dijo él nada más verla.
Anoche grabé esto para ti. Se me ocurrió que a lo mejor te molaba —le dijo tendiéndole el CD.
—Gracias —murmuró ella, sin esforzarse demasiado en ocultar su ambivalencia.
Su tibia respuesta sugirió a Damen que se equivocaba.
Ella abrió su taquilla, examinó detenidamente el portacedés personalizado que guardaba en la parte inferior y escogió uno para él.
—¿Los Dead Kennedys? —preguntó Damen.
—Nunca mejor dicho —contestó Scarlet.
—Fresh Fruit for Rotting Vegetables —dijo Damen leyendo el título en voz alta—. Qué considerado de tu parte.
Mientras se encontraban sumidos en su discusión musical, un reducido grupo de jugadores de fútbol se los quedaron mirando, y luego unas chicas se percataron de cómo éstos se fijaban en Scarlet.
La gente me está mirando con cara rara —le dijo Scarlet a Damen mientras las chicas la miraban de arriba abajo.
Mientras tú no estabas
En Hawthorne Manor ya corría la voz de que con Charlotte se podía contar cada vez menos. Para entonces era obvio que su obcecación y su absoluta incapacidad de renunciar a su «vida» habían hecho peligrar la misión de los chicos muertos. La casa estaba sobre el tajo y, que Prue supiera, también lo estaban sus cabezas.
Apostada en el umbral del cuarto de juegos, Charlotte observaba a los chicos muertos matar el tiempo para liberar la tensión que los agarrotaba.
DJ hacía girar discos en el aire, y lanzaba los viejos LP de vinilo a la cabeza de Simón y Simone como si de sierras giratorias se tratasen. Silent Violet estaba sentada a un pupitre y se metía el dedo en la garganta con el arrojo de una bulímica, buscándose la voz. Kim se arrancaba mecánicamente las costras de la herida de la cabeza mientras parloteaba sin cesar. Suzy grababa distraídamente la palabra «lávame» en la espalda de Rotting Rita, mientras ésta iba pescando los gusanos que le salían reptando de la nariz, los hacía una bolita con los dedos y se los tiraba a Mike y Jerry, quienes aguardaban el lanzamiento con el pulgar y el meñique levantados, como postes de rugby.
Todos dejaron sus quehaceres cuando Charlotte entró en la habitación. En la clase de Muertología siempre hacía algo de frío, pero la fría espalda que ahora le ofrecieron los demás la dejó completamente helada.
—Qué hay, Kim —dijo Charlotte—. ¿Con quién hablas?
—Estoy ocupada —articuló Kim con displicencia a la vez que retomaba su «conversación» telefónica y se alejaba.
Charlotte se dirigió entonces a los musicoadictos Mike, Jerry yDJ.
—¿Oye, qué escucháis, colegas? —preguntó Charlotte con afán—. ¿Os importa si me uno a vosotros?
Los chicos estuvieron tentados de contestar, viendo en ésta una oportunidad para departir sobre música —en especial Mike, quien, literalmente, tuvo que morderse la lengua—, pero Charlotte los había decepcionado demasiado. Mike se retiró uno de los auriculares y declinó el ofrecimiento.
Sintiéndose rechazada, Charlotte se volvió hacia Silent Violet y se puso a hablar para sí en voz alta, utilizando a Violet como caja de resonancia. Violet la miró impasible.
—¿Se puede saber qué he hecho? —lloriqueó Charlotte—. Ni siquiera estaba en la casa. Yo no quería que pasara esto.
Pam, que se encontraba en la otra punta de la habitación, no pudo aguantar más sus plañidos.
Escogeme
Era una tarde lúgubre y tormentosa y la sala de ensayos de la banda estaba preparada para el gran recital de otoño. Las gradas ocupaban todo lo largo y ancho de la sala, de modo que apenas quedaba espacio para pasar. Los rayos acompasados hacían vibrar los tambores en consonancia, y los instrumentos de viento, colgados como marionetas en sus fríos y estériles soportes, repiqueteaban al son de los truenos de la lejanía.
Charlotte, nuevamente en posesión de Scarlet, entró y busco a Damen en la sala medio iluminada. Mientras paseaba la mirada por las sillas, un papel la golpeó en la cabeza.
—Aquí arriba —dijo Damen en algo más que un susurro.
Ella levantó su delicada barbilla y le vio en lo alto de la grada, haciendo gestos para que subiera.
—¿Estás bien? —preguntó él cuando ella tomó asiento.
—Oh, sí, es que estaba pensando en otra cosa —contestó ella a la ver que abría el libro de Física y lo colocaba a la vista de ambos.
—¡Espera! ¿Qué haces? —dijo ella, enterrando la nariz aún más en el libro a la vez que procuraba olvidar el incidente de los vestuarios.
—Sacarla —respondió él.
—No, no, no… —suplicó ella cerrando los ojos. Se sintió muy aliviada cuando, al mirar de reojo, le vio sacar la guitarra de su funda.
—Toca la canción que tocaste ayer —dijo Damen.
—Oh, no, no, no puedo. Quiero decir, no podría —contestó Charlotte, nerviosa.
Damen dejó la guitarra en los brazos de ella, que en un gesto insólito trató de acunarla como quien toma por primera vez en sus brazos a un recién nacido.
Charlotte hacía lo posible para actuar con naturalidad, pero era evidente que ni siquiera sabía cómo coger una guitarra, y aún menos tocarla.
Se acercó más y la animó a que empezara. Sin saber muy bien qué hacer, ella echó mano del arco de un violín que había allí cerca y frotó las seis cuerdas como un dios virtuoso de la guitarra y el rock clásico.
—Scarlet unplugged—dijo Damen, atónito.
—Ésa soy yo —contestó Charlotte.
Ella esbozó una sonrisa nerviosa y, después de un par de torpes intentos, empezó a tocar una melodía vaga y hermosa. Damen estaba fascinado.
Sucio secretito
Charlotte y Scarlet estaban pasando un rato i en el dormitorio de Scarlet, pero por primera vez ambas sentían que vivían en mundos distintos. Scarlet estaba tirada en la cama, entre cojines de terciopelo arrugado oscuro, dibujando inocentes muñequitas de porcelana de ojos grandes y siniestros cuerpos desproporcionados, mientras que Charlotte se paseaba de un lado a otro como un tigre enjaulado.
La tensión se podía cortar con cuchillo y Charlotte se moría de ganas de enfrentarse a Scarlet por lo ocurrido con Damen y el pastelillo, pero pensó que mejor era no menearlo, no fuera Scarlet a vetarle su cuerpo otra vez.
Necesitada de aprobación, Charlotte se acercó a la guitarra de Scarlet y apretó los dedos contra la afilada maraña de cuerdas retorcidas del clavijero.
—Sólo está contigo por mí—espetó, plantando batalla.
Scarlet siguió dibujando y ni siquiera levantó la vista.
—Lo sabes, ¿no? —dijo Charlotte dejándose caer en la cama y mirando a Scarlet a la cara.
—Toda esta historia fue idea tuya, ¿y ahora te cabreas? —preguntó Scarlet, todavía reacia a mirar a Charlotte—. Yo que tú metía la cabeza en el congelador; se te está pudriendo.
. Tratando de sacar a Scarlet de sus casillas, deslizó los dedos por el filo, como si buscara hacerse un terrible corte con la hoja. A otros les hubiese costado seguir mirando, pero Scarlet no quería darle esa satisfacción.
—Sólo quiero que te des cuenta de que él sólo te corresponde cuando yo estoy en ti, eso es todo —añadió Charlotte.
Las dos desviaron su atención hacia el televisor de plasma historiadamente enmarcado y fijado a la pared de Scarlet, donde ahora se promocionaba un programa para buscar pareja.
—Averigüen a quién elegirá él… a continuación —dijo el presentador en un tono aciago.
Scarlet y Charlotte intercambiaron miradas.
—¿Estás segura? Muy bien, entonces ¿por qué no dejamos que decida él? —contestó Scarlet con petulancia.
. Tratando de sacar a Scarlet de sus casillas, deslizó los dedos por el filo, como si buscara hacerse un terrible corte con la hoja. A otros les hubiese costado seguir mirando, pero Scarlet no quería darle esa satisfacción.
Desear cosas imposibles
La lluvia inclemente atravesaba a Charlotte y se precipitaba al suelo mientras caminaba melancólicamente por la calle oscurecida lamentándose de su mala suerte. Deseó sentir la fría llovizna contra su cuerpo de nuevo, pero no podía. No era más que un recordatorio de que era tan hueca como la guitarra Ovation de Damen, y poco podía hacer ella ya para solucionarlo, ni ahora ni nunca. Nada podía tocarla, ni siquiera el chaparrón, pensó mientras vadeaba los charcos que se acumulaban. A decir verdad, Charlotte no tenía adonde ir, y no había dónde estar. No tenía hora de llegar a casa, ni nadie que la esperara despierto, ni aun necesidad de dormir.
Deambuló por las calles en silencio hasta que se despejo el cielo, revelando los últimos instantes fugaces del atardecer recortados contra el contorno de Hawthorne. A pesar de encontrarse sumida en su decepción, reparó en el frente frío que soplaba a través de ella disipando la humedad, aunque no su mala conciencia. Había avergonzado y herido a sus amigos, y era más que probable que se hubiese condenado a sí misma y a los compañeros de Muertología.
No sólo estaba triste, sino celosa además. Se sentía excluida. Su plan para conquistar el amor de Damen y el respeto de Petula le había estallado en las manos, y ello era en gran parte culpa suya. En gran parte, claro está, porque también había tenido parte de culpa Scarlet, ¿o no? Y Prue. En ningún momento tuvo intención de que las cosas salieran como en efecto lo habían hecho, se justificó Charlotte. No eran más que —¿cómo llaman a las bajas los militares?— «daños colaterales».
El crepúsculo dio paso a la noche y la noche a la noche cerrada mientras ella proseguía sin rumbo por las gélidas calles bajo la atenta mirada de los gabletes que se alzaban majestuosos por doquier. De encontrarse solo en plena noche recorriendo penosamente oscuros callejones y bocacalles, otro no habría cesado de volver atrás la cabeza, pero lo único que podía temer Charlotte era la constatación de que sus sueños jamás se harían realidad.
—Al fin y al cabo es lo que hacen los fantasmas, ¿no? —pensó en voz alta, resignándose al olvido—. Vagar. Lamentarse.
Mientras pasaba bajo un viaducto de piedra y atravesaba un macizo de árboles muertos estrangulados por enmarañadas trepadoras, no podía dejar de obsesionarse con Damen y Scarlet —se encontraban bajo la misma luna que ella— y de preguntarse qué estarían haciendo.
Damen. Era un lugar hasta el que había pedaleado muchas veces en verano. Necesitaba ver que dormía, que estaba solo y que, de momento, no sucedía nada entre él y Scarlet. Necesitaba, como mínimo, ese tanto de paz de espíritu.
Los muertos también bailan
El arreglo para vientos y timbales del Love Will Tear Us Apart de Joy División asaltó las clases de primera hora mientras la banda de música de Hawthorne High daba vueltas al edificio. Charlotte estaba muy por encima de todo ello, posada en una cornisa de piedra sobre la entrada. Al cabo de un rato divisó a Scarlet, que se aproximaba al edificio. Se apareció delante de ella y le dio un susto de muerte.
—Mira, sé que ya no somos amigas —dijo Charlotte sin rodeos—, pero ¿qué te parecería ser «amienemigas»?
Scarlet se sacó los auriculares, pausó su iPod y cruzó los brazos con fuerza, en un gesto que Charlotte interpretó como levemente abierto a la conversación.
—A ver, qué… —la retó Scarlet, otorgándole un segundo para plantear su argumento.
—Tal y como están las cosas, no puedes ni vengarte de tu hermana ni ir al baile… a no ser que encuentren un sitio nuevo —explico Charlotte.
—Bueno, eso parece bastante poco probable —atajó Scarlet—, así que yo no dejaría que esos encogidos organitos tuyos se emocionaran demasiado.
Había sido una ingenuidad pensar que vengarse de Petula sería motivación suficiente para Scarlet, pero lo que Scarlet no podía reconocerle a Charlotte ni reconocerse del todo a sí misma era lo entusiasmada que estaba ante la perspectiva de ir al baile con Damen.
En la sala reinó el silencio y cuantos allí había apoyaron sus respectivos refrescos, intrigados por lo que Scarlet tenía que contar.
—Ya hemos mirado en el cementerio y está reservado… Hay un montonazo de gente que se muere por entrar —gritó un graciosillo desde el fondo de la sala. Una chica popular le tiró del brazo para que cerrara la boca, y Scarlet continuó, sorprendida por el respeto que al parecer se había ganado.
—¿Dónde? —preguntó la chica.
Entre tanto, Charlotte asistía también a una reunión en la Residencia Muerta.
—¿Que celebremos aquí el baile? ¿Y cómo va eso a salvar la casa? —preguntó Metal Mike.
—Si desalojamos la casa y permitimos que los chicos vivos celebren aquí su baile, las autoridades comprobarán que es segura y no la demolerán —respondió Charlotte con confianza—Es más, verán que se le pueden dar otros usos al edificio —añadió, y aguardó inquieta la reacción de los demás, temiéndose lo peor y deseando lo mejor.
Desear cosas imposibles
La lluvia inclemente atravesaba a Charlotte y se precipitaba al suelo mientras caminaba melancólicamente por la calle oscurecida lamentándose de su mala suerte. Deseó sentir la fría llovizna contra su cuerpo de nuevo, pero no podía. No era más que un recordatorio de que era tan hueca como la guitarra Ovation de Damen, y poco podía hacer ella ya para solucionarlo, ni ahora ni nunca. Nada podía tocarla, ni siquiera el chaparrón, pensó mientras vadeaba los charcos que se acumulaban. A decir verdad, Charlotte no tenía adonde ir, y no había dónde estar. No tenía hora de llegar a casa, ni nadie que la esperara despierto, ni aun necesidad de dormir.
Deambuló por las calles en silencio hasta que se despejo el cielo, revelando los últimos instantes fugaces del atardecer recortados contra el contorno de Hawthorne. A pesar de encontrarse sumida en su decepción, reparó en el frente frío que soplaba a través de ella disipando la humedad, aunque no su mala conciencia. Había avergonzado y herido a sus amigos, y era más que probable que se hubiese condenado a sí misma y a los compañeros de Muertología.
El crepúsculo dio paso a la noche y la noche a la noche cerrada mientras ella proseguía sin rumbo por las gélidas calles bajo la atenta mirada de los gabletes que se alzaban majestuosos por doquier. De encontrarse solo en plena noche recorriendo penosamente oscuros callejones y bocacalles, otro no habría cesado de volver atrás la cabeza, pero lo único que podía temer Charlotte era la constatación de que sus sueños jamás se harían realidad.
—Al fin y al cabo es lo que hacen los fantasmas, ¿no? —pensó en voz alta, resignándose al olvido—. Vagar. Lamentarse.
Mientras pasaba bajo un viaducto de piedra y atravesaba un macizo de árboles muertos estrangulados por enmarañadas trepadoras, no podía dejar de obsesionarse con Damen y Scarlet —se encontraban bajo la misma luna que ella— y de preguntarse qué estarían haciendo.
El pensamiento empezaba a reconcomerla por dentro cuando, de manera inexplicable, se halló en el exterior de la casa de Damen. Era un lugar hasta el que había pedaleado muchas veces en verano. Necesitaba ver que dormía, que estaba solo y que, de momento, no sucedía nada entre él y Scarlet. Necesitaba, como mínimo, ese tanto de paz de espíritu.
Todo corazón
El salón había sido transformado como por arte de magia en un elaborado bosque encantado, con bonitos esqueletos del Día de Muertos mexicano colgados de enormes árboles muertos que alcanzaban los altísimos techos, envueltos todos en miles de luces parpadeantes, espejo de las diminutas azucenas estrelladas blancas que Charlotte se había colocado entre sus negros mechones. Era más espectacular de lo que jamás podría haber imaginado. No podía creer que se encontrara a un paso de hacer realidad sus sueños más salvajes.
Charlotte dejó atrás el exterior de la casa encantada de camino a la pista de baile y se maravilló con los juegos macabros, como «La pesca del pato muerto» y un juego de dardos con réplicas de cera de las cabezas de sus profesores montados sobre un muro a modo de dianas. Allí disfrutó de lo lindo observando cómo un estudiante lanzaba un dardo a la cabeza del profesor Widget y se lo clavaba en pleno ojo sano. Charlotte se rió mientras el estudiante recibía de premio una muñeca rota vestida con una sucia sudadera de Hawthorne High hecha jirones.
Echó un vistazo a la atracción de la casa encantada y se fijó en una chica vestida de reina del baile muerta que esperaba a entrar. Charlotte observó cómo se dirigía a los demás de la cola, todos muy agarraditos y, por lo que se veía, interesados únicamente en arrastrar a la oscuridad a sus respectivas parejas.
En realidad, Charlotte era la única que prestaba atención. Ansiaba disfrutar de cada segundo de la velada. Era su noche y no quería perderse absolutamente nada. Miró hacia las mesas redondas dispuestas en el perímetro del suelo ajedrezado de la pista de baile. Todas lucían torres de exquisitas rosas negras que se apilaban junto con velas negras ornamentales.
En un extremo de la atestada estancia divisó a Damen. Los cielos se abrieron y un rayo de luz celestial le iluminó, al menos eso le pareció. Allí estaba sentado, tan fino y galante como una estrella de cine, en un esmoquin negro y blanco, igualito al de su salvapantallas. Hablaba con su amigo Max y la pareja de éste inclinado hacia ellos con suma elegancia, como el modelo de un anuncio arrancado del mismísimo Vogue británico. Ella se quedó allí plantada un buen rato, disfrutando de la vista.
—¿Dónde está? —preguntó Damen, retóricamente, en voz alta.
—No te agobies, seguro que se ha apuntado a un concurso de Halloween o algo por el estilo de camino —le susurró Max a la vez que se ponía en pie para irse con su chica—. Bueno, nos vamos a dar una vuelta por la oscurísima casa encantada —dijo, guiñándole un ojo.
El fantasma que hay en ti
Charlotte se sentía como en una nube mientras se abría camino entre la abarrotada pista de baile y se reunía con Damen en la cabina del pinchadiscos. El estimulante frenesí que le producía el mero hecho de encontrarse allí, de ser la protagonista del momento más memorable de su vida —y ahora, de su muerte— era casi insoportable. Era la razón por la que había vivido y la única y sola razón por la que había muerto, y allí estaba, sucediendo ante sus ojos.
—¿Quieres bailar? —preguntó Charlotte dándole unos golpecitos a Damen en el hombro.
Damen al principio se echó a reír, pensando que bromeaba, pero se dio cuenta enseguida de que hablaba en serio.
—De verdad que no te entiendo —dijo Damen, que pinchó una canción lenta, le pasó el control de los platos a un colega y, tomando su delicada mano, la condujo hasta la pista de baile—. Creo que hemos hecho un buen trabajo ahí en la cabina —afirmó, tirando de ella hacia sí.
Charlotte cambió de tema. La música era cosa de Scarlet, pero el baile era suyo, todo suyo.
—Sí, pero mejor bailar con la música que escucharla a secas, ¿no crees? —preguntó ella.
A Damen no dejaba de desconcertarle su conducta esquizofrénica, pero también le encandilaba. Ella apoyó la cabeza en su hombro y se sintió encantada de que todos los miraran mientras avanzaban por la pista de baile.
Mientras bailaban, pasaron junto a las Wendys, que acechaban como halcones desde el perímetro de la pista de baile. Las dos enviaron al instante sendos SMS con foto a Petula, para informarla y aun para irritarla de esa manera pasiva-agresiva que era especialidad de ellas. Petula esperaba delante de su ordenador, y al abrir sucesivamente cada mensaje y jpeg, su rabia rayó lo psicopático.
«¡Está en marcha!», rezó el mensaje con que Petula contestó simultáneamente a las dos Wendys.
Como quería evitar a toda costa ver a Charlotte besar a Damen, Scarlet se subió a un coche vacío e inició un trayecto por la casa encantada. Se detuvo delante de un grupo de chicos que reconstruía una escena de su película favorita, Delicatessen.
El corazón de las tinieblas
La Residencia Muerta, así llamaban los chicos muertos a Hawthorne Manor, podría resultarles deprimente a otros, pero para Charlotte era como una comunidad. Ya nunca tendría la oportunidad de vivir en una residencia universitaria, y ésta, para ella, era lo mejor y lo más parecido.
¿Tendría una compañera de habitación? ¿Pasarían la noche en vela charlando sin parar? ¿Estudiarían juntas y tendrían códigos secretos por si alguna de ellas invitaba a un chico a pasar la noche? ¿Compartirían la ropa y sufrirían incontrolables ataques de risa? ¿Pedirían una pizza a las tantas mientras estudiaban para pasar el día siguiente entero quejándose de los kilos de más? No. En el fondo sabía que no sería así y que eran cosas a las que debía renunciar, pero al fin y al cabo se trataba de una «residencia», y eso significaba que no estaría sola. Eso, para ella, era más que suficiente.
Estos y otros pensamientos ocupaban su mente mientras se dirigía a toda prisa a la reunión. Era extraño, pero aun cuando se tratara de la primera vez que iba a Hawthorne Manor, el instinto la guió hasta allí, igual que un GPS del mundo espiritual. No había ningún Flautista de Hamelín ni, en particular, ninguna Piccolo Pam que la guiasen, pero sentía la llamada de todas formas.
Al doblar la esquina de la calle larga y solitaria, supo instantáneamente a qué casa dirigir sus pasos. Se trataba de una destartalada mansión victoriana, todavía hermosa en su decrepitud, una de esas propiedades caras que fueron el orgullo del barrio hasta que las mansiones chabacanas de los nuevos ricos y el tiempo erosionaron su grandeza.
Ornamentados farolillos adornaban el perímetro del porche corrido, con postes como bastones de caramelo. A diferencia de la oficina de admisiones del sótano, tan estéril, y del aula de Muertología, tan fea y anticuada, Hawthorne Manor era mágica.
—Hogar, dulce hogar —dijo sombríamente, mientras apoyaba la mano sobre una roseta y dejaba que ésta se deslizara por la barandilla que ascendía hasta la maciza y oscura puerta doble.
Charlotte subió los escalones hasta el porche, se asomó a través de la ventana vidriada y contempló la gigantesca araña, al más puro estilo Fantasma de la ópera, que colgaba del techo del vestíbulo. Entró y se quedó plantada en la estancia, enlosada con grandes baldosas blancas y negras de mármol.
Descansa en popularidad
Damen volvió en sí muy despacio, sin memoria alguna de lo recién acontecido.
—He soñado que me estaba muriendo —le dijo a Scarlet, que hasta ese momento le acariciaba la cara dulcemente.
—No seas tonto —dijo ella—. Tienes mucho por lo que vivir. Los dos lo tenemos —se sacudieron el polvo y se dirigieron al salón.
La aceptación de Charlotte por parte de Prue tuvo un efecto calmante, casi narcotizante, en todo y todos. Los chicos muertos, encantados con la tregua entre Prue y Charlotte, se desvanecieron. Los chicos vivos recuperaron el conocimiento y abandonaron la atracción, sin saber muy bien si habían estado soñado o es que los habían drogado.
—¡Ha sido la mejor casa encantada de la historia! —exclamó un chico.
Y tenía razón. Había sido la mejor casa encantada de la historia.
—He de reconocer que los del departamento de Arte se han superado este año, ¿no es así? —dijo el director Styx en medio de algunos aplausos aislados mientras accedía al centro del escenario—. Bueno, toda esta excitación es difícilmente superable, de modo que por qué no anunciar ya al rey y la reina del Baile de Otoño del Instituto de Hawthorne High —anunció por el micrófono.
Y el rey y la reina de este año son… —dijo, abriendo el sobre con el resultado de la votación ante la totalidad del alumnado—. Damen Dylan y… ¡Scarlet Kensington!
Damen y Scarlet oyeron sus nombres conforme salían de la casa encantada y apenas se lo podían creer, tan lejos estaban de allí mentalmente.
—Alucinante cómo os habéis enganchado ahí dentro, ¿no, tío? —dijo Max mientras Damen se remetía la camisa y Scarlet se estiraba el vestido—. ¡Por cómo se movía la casa ha debido de ser un buen calentón!
Damen se volvió hacia Max y le dio un cachete en la cabeza, y el equipo entero de fútbol lo subió en volandas al escenario.
Mientras subía los escalones, Scarlet buscó desesperadamente a Charlotte hasta que de pronto la localizó entre bastidores. Corrió hasta ella y las dos se quedaron allí plantadas mirándose la una a la otra. Scarlet levantó de inmediato las manos, más que preparada y dispuesta a entregarse por última vez. Pero Charlotte no asió las manos de Scarlet como solía. Le dio un fuerte abrazo en su lugar.
esta muy largo y se ve bien
ResponderEliminaresta un poko largo tu blog pero se ve interesante
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